El aspecto emocional en los jovenes judokas

28 de noviembre de 2017
The people involved in the base categories should direct their efforts to make children and adolescents who practice judo or any other sport comfortable, at ease, and that, fundamentally, they are happy athletes who enjoy and have fun with what they do. Let naturalness, respect and fun help us to build sports quarries, and let us take all the energy that children bring to life, enjoying them and, why not, making us a little younger we too.

Las personas involucradas en las categorías base deben orientar sus esfuerzos a hacer que los niños y adolescentes que practiquen judo o cualquier otro deporte estén cómodos, a gusto, y que, fundamentalmente, sean deportistas felices que disfrutan y se divierten con lo que hacen. Permitamos que la naturalidad, el respeto y la diversión nos ayuden a construir canteras deportivas, y dejémonos llevar por toda la energía que los niños aportan a la vida, disfrutando con ellos/as y, por qué no, haciéndonos un poco más jóvenes nosotros también
Prestar atención al aspecto emocional en los menores es crucial en muchos sentidos, pero principalmente porque las emociones constituyen un canal de comunicación relevante que ellos manejan. Obviamente, esto no significa que las dominen ni las controlen, pero sí que los mensajes emotivos o emocionales son un código que pueden descifrar con mayor agilidad y rapidez en comparación con los códigos lingüísticos. La dialéctica no resulta fluida en el trabajo con niños, puesto que su nivel lingüístico y la capacidad de discernir ciertos conceptos y abstracciones todavía están en pleno desarrollo. Sin embargo, no ocurre así con las emociones que experimentan. Los niños conocen sus emociones, saben lo que sienten porque lo sienten efectivamente, sin necesidad de pasar por ningún filtro intelectual para averiguarlo. Esto hace que las emociones puedan ser una puerta de entrada a la comunicación con estos judokas, pues sitúan al maestro en el mismo terreno de juego en que ellos juegan.

Dicho esto, cabe mencionar que el trabajo con emociones para categorías de base tiene una labor primordial en cuanto a la formación de futuros judokas de elite: aprender a gestionarlas y transformarlas en el motor e impulso necesario para lograr los objetivos deportivos, prestando especial atención a evitar que estas emociones constituyan un motivo de desorientación y de intromisión en la concentración que exigen los eventos deportivos. Por tanto, el trabajo de un maestro- entrenador con las emociones tiene tres finalidades:

1. Que aprendan a identificarlas correctamente.
2. Que aprendan a gestionarlas, respetándolas.
3. Que amplíen su abanico de emociones, es decir, el entrenador tiene la misión de provocar nuevas emociones en los deportistas, que salgan del “menú emocional” en que habitualmente se encuentran, y que experimenten nuevas emociones que les vinculen de manera diferente con su entorno y su actividad.

De entre las emociones que con mayor frecuencia puede encontrarse un maestro de judo en cuanto limitantes o bloqueadoras de un rendimiento deseado, podemos mencionar (sin distinguir entre emociones básicas o secundarias):

VERGÜENZA. Es una emoción muy común cuando el niño se le sitúa como protagonista de un rendimiento ejemplar, o como modelo para otros compañeros. En definitiva, cuando se convierten en el centro de atención. Normalmente, se trata de deportistas con una personalidad introvertida o con algún tipo de complejo. Esta emoción puede bloquear al niño y hacer que no entrene con su mayor potencial, pues le induce a pensar que los resultados que va a obtener van a conducir a situarlo en el punto de mira, como modelo para otros. Si esta situación no le resulta satisfactoria, tendera a huir de ella de la mejor manera que se le ocurra. En estos casos, el maestro debe “diagnosticar” rápidamente esta emoción y trabajar no solo con ella, sino con todo el entorno del deportista, a efectos de ajustar las consecuencias de su buena actuación deportiva al grado de madurez emocional que tenga, y que la situación que se produzca pueda ser asumida emocionalmente por él, no generándose anclajes contraproducentes. En este caso, el maestro debe dirigirse a los padres y familiares, para que todos juntos sean conscientes de la situación y contribuyan a gestionar esta emoción de la manera más conveniente posible, cada uno en su ámbito determinado. Por ejemplo, aminorando la euforia o la reacción que ese entorno muestra ante la actuación del judoka (sin que ello suponga la eliminación del refuerzo positivo o el reconocimiento del logro).

MIEDO. Esta emoción puede producirse por múltiples causas: miedo a no hacerlo bien, miedo a las represalias, miedo a no conseguirlo, miedo al agotamiento, etc., y tiene diferentes efectos limitantes según las causas y las personas. Así, puede causar:

a) La evasión de la ejecución deportiva, es decir, no corro, no hago flexiones, abdominales ni uchikomis, no realizo randoris, etc. Esta situación suele ser mas habitual en niños de hasta 14 a 15 años.
b) El intento retraido y desconfiado, es decir, sé que lo tengo que hacer porque si no tengo menos probabilidades de conseguir lo que quiero, pero estoy nervioso y pienso continuamente en qué pasará cuando no lo consiga. Esta situación suele ser más frecuente en deportistas adolescentes de 15 a 16 años en adelante.

Además tenemos que tener en cuenta que el miedo tiene una misión fundamental: protegernos, prevenirnos de sufrir y padecer algún tipo de agresión. Es la respuesta más básica de nuestro instinto de supervivencia. Pero, como el resto de emociones, hay que colocarlo en un lugar en el que, pudiendo escucharlo, no nos obstaculice el camino. En ambos casos, este miedo intenta proteger al deportista de las consecuencias de su actuación deportiva, y en este sentido cobra especial relevancia el valor que se le esté atribuyendo al error. El trabajo a realizar es doble:

Judoka. Por una parte el entrenador debe trabajar la interpretación que el niño o adolescente hagan de sus errores, con la finalidad de que lo asuman como parte fundamental de su evolución y aprendizaje. Que los niños aprendan a gestionar su miedo pasa por un aprendizaje paralelo relativo a observar y analizar qué aspectos son los que deben cambiar y cuáles son sus áreas de mejora para centrar sus esfuerzos. El niño debe aprender a discriminar por sí mismo cuales son los resultados satisfactorios o no satisfactorios (según los objetivos que se haya fijado) y, sobre todo, que tras un resultado insatisfactorio siempre se puede establecer un plan de acción para mejorar. Así, el miedo al fracaso se diluye para dejar paso al afán de superación y a la tranquilidad de saber que siempre hay nuevas oportunidades, aunque cuesten mucho esfuerzo.

Entorno. Por otra parte, el entrenador tendrá que trabajar también con aquellas personas responsables de evaluar el rendimiento. Con niños de las edades mencionadas es relativamente fácil que se enganchen a esta idea expuesta en el párrafo anterior. No obstante, es fundamental que su entorno esté orientado a respaldar esa mentalidad y a darle tiempo y autonomía suficientes para que hagan su propia evaluación del aprendizaje y de los resultados. Si todo lo corrige el entrenador, nada aprenderán los judokas de sí mismos. Así, por tanto, es primordial que el maestro trabaje con todas las personas que van a tener cierta repercusión en la evaluación del niño, en especial: padres, familiares y con el mismo. Y este trabajo consiste en producir un cambio de mentalidad: pasar de considerar el error como un fracaso que necesariamente hay que erradicar, a considerarlo como una oportunidad de aprendizaje y evolución y como herramienta de orientación para saber adónde dirigir los esfuerzos. En este sentido, los entrenadores y técnicos tienen que estar muy atentos a sus propias reacciones y manifestaciones ante las ejecuciones de los jóvenes judokas.

RABIA. Es una de las emociones más condicionantes del comportamiento. Primero por la fuerza con la que se vive, y segundo por la obcecación que supone, impidiendo escuchar y atender argumentos para descargar y reconducir la energía hacia lo que se pretende conseguir. Es la emoción por excelencia que provoca la desconcentración de los judokas y hace que pierdan su punto de referencia: el objetivo. Enfadarse, bien con uno mismo, o bien con el entorno, sitúa una barrera infranqueable entre el niño y su propósito, y, lo que es más importante, en muchas ocasiones se produce por una sensación de frustración sobre lo que está sucediendo. Es por esto que resulta muy útil que se consiga la correcta gestión de la rabia, alejando su atención del centro de la emoción y resituándola de nuevo en lo que se quiere alcanzar.

Especial mención requiere la rabia que se experimenta ante las actuaciones arbitrales o ante provocaciones de los adversarios. Cuando el judoka comienza a prestar atención a como se está juzgando su actuación por parte del árbitro, o como la está subestimando el oponente, tenemos a un judoka frustrado porque ha dejado de valorar cuales son los elementos deportivos que le van a hacer lograr sus objetivos: LA CONCENTRACION, EL ESFUERZO Y LA CAPACIDAD DE RECUPERACION MENTAL para volver a buscar otra oportunidad. El niño tiene que aprender a colocar y a jugar estratégicamente con los inconvenientes que aparezcan, y a manejarlos para que no supongan un obstáculo en su aprendizaje.

Para finalizar es importante resaltar que el adulto debe tener en cuenta en su intervención es que debe empatizar con el niño, no debe despreciar o subestimar lo que está sintiendo, debe mantener la calma y por último, debe darle tiempo para la reflexión y no mostrarse ansioso, para que todo surta efecto.

Para finalizar este artículo, me gustaría acabar con una frase de Goethe que todo entrenador, monitor, educador y, en general, docentes deberían tener presentes en su trabajo con menores: “Lo mejor que puedes hacer por los demás no es enseñarles tus riquezas, sino hacerles ver la suya propia.”.


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